¿Puedo acaso encontrarme si no hay nada qué descubrir en mí?
El que se niega a perderse, tampoco conseguirá encontrarse jamás. Así que quiero perderme.

lunes, 23 de julio de 2012

ROBERT WALSER

Yuri_Zhivago 



Admirado por los más importantes escritores y pensadores de la época, Walser vivió una permanente "lucha con la existencia" y padeció problemas psicológicos. Su autoexilio de la literatura y su compromiso con la vida, la belleza, la creación artística, el comportamiento humano o la discreción lo confirman como una referencia.

Robert Walser nació en Biel (Suiza) el 15 de abril de 1878 y murió, caído sobre la nieve, el día de Navidad de 1956. Su vida, semejante a la de sus personajes, fue inquieta y errática, siempre escapando a cualquier forma de duración o permanencia. A los 14 años abandonó los estudios y ejerció los más diversos oficios: fue empleado de banca, secretario, archivero; incluso sirvió de criado en un castillo de Silesia. Walser despreciaba los ideales de prosperidad, aborrecía el éxito, era incapaz de someterse a ningún tipo de rutina o atadura. Vivió siempre, de un lugar a otro, sin domicilio fijo, con graves problemas económicos. A partir de 1925 empieza a sufrir trastornos nerviosos y alucinaciones auditivas; se embriaga y tiene periodos de enorme agresividad. Su hermana Lisa, la única ayuda constante que recibió, le recomienda que ingrese en un sanatorio psiquiátrico.

Canetti ha escrito sobre Walser:

"Su experiencia con la 'lucha por la existencia' le lleva a la única esfera en que esa lucha no existe, al manicomio, el monasterio de la época moderna".Ingresa, probablemente con alivio, en el manicomio de Waldau, de donde será transferido, en 1933, al sanatorio de Herisau. Allí permanecerá, silencioso y olvidado, hasta su muerte. A semejanza de su admirado Hölderlin, Walser enmudece en vida. Sus libros habían despertado el entusiasmo de algunos escritores: Kafka (que lo leía en voz alta a sus amigos), Christian Morgensten, Robert Musil, Walter Benjamin, pero no habían encontrado su público. El editor Karl Seelig, que lo visitó reiteradamente en su encierro y gestionó la reedición de sus obras, ha contado en su imprescindible Paseos con Robert Walser (Siruela, 2000) que consideraba que "el único suelo en el que el poeta puede producir es el de la libertad". Seelig había ayudado a otros escritores y le propuso esa libertad, pero a la pregunta "¿volvería realmente a escribir?", Walser contestó: "Con esa pregunta sólo se puede hacer una cosa: no responderla".

Walser fue un maestro de la prosa; en sus textos, las palabras son un fluido casi natural de su imaginación. Su estilo es siempre de aire libre, de vagabundeos y ensoñaciones. Cuando se demora en las descripciones las activa por dentro, dotándolas de vida propia, de movimiento. A veces se detiene y las descripciones adquieren la condición de personajes. A todo superpone un tono de indecisión, de duda aparente: "Pluma, si no me asistes, no sé cómo avanzar". En el fondo está advirtiendo que probablemente miente, que acaso el texto no sea más que una tentativa de fuga, un modo incluso reprobable de embozarse en las palabras. Walser devuelve a la escritura su propia suficiencia mientras él se consume escribiendo. De ahí que, en su mundo de renuncias, de propensión a la desaparición, incluso sea deseable prescindir de los artistas: "Es bueno que los hombres no tengan necesidad de artistas para ser gente artísticamente despierta y talentosa". Sus personajes están dotados de una rica disposición ante la belleza, quieren disfrutar de sí mismos, pero les horroriza tener éxito en la vida. Deambulan y dedican sus esfuerzos a buscar una habitación, un lugar donde convalecer. Nadie disfruta tanto de la vida, ha escrito Benjamin, como el convaleciente.

Walser es el más extraño de los escritores, pero su extrañeza no es sombría. Lo asombroso, lo que resulta extraordinario en Walser es que vivía sus fantasías poéticas, como el resto de la humanidad vive sus ambiciones, o dicho de un modo más taxativo: nunca perdió la ingenuidad. Una ingenuidad que no tiene nada de ignorancia o de inconsciencia. Oskar Loerke, uno de los pocos críticos que saludó fervorosamente sus libros, logró una definición exacta del carácter de Walser:
"Su ingenuidad es tan espontánea que después de ser destruida por la conciencia, se presenta tan segura e incólume como si fuera natural".Su existencia fue un compendio de incomprensión, penuria y dolor, pero en sus páginas no se halla ninguna queja.
"La peculiaridad de Robert Walser como escritor", otra vez Canetti, "consiste en que nunca habla de motivaciones. Es el más oculto de todos los escritores. Siempre está bien, siempre está encantado con todo". Su obra rebosa de frases tan deslumbrantes como impredecibles. He aquí una que concentra, en su brevedad, su manera de sentir: "En el asunto del amor, todo fracaso es casi una dicha". Aunque escasos y dispersos, no hay ningún lector de Walser que, bajo los efectos de su estilo, que actúa como una música, no se sienta reconfortado y tal vez mejor persona. Leer a Walser nos libera de embrollos éticos y nos limpia de mezquindad. Vila-Matas, en su Doctor Pasavento, lo convierte en héroe moral por su "afán de librarse de la conciencia, de Dios, del pensamiento, de él mismo". Walser se mimetiza para no ser descubierto, no compite por ningún puesto social, se desentiende de la maquinaria que engarza al individuo con el poder. En La rosa, el último libro que publicó en vida, asoma esta insinuación: "Alabar parece francamente trivial". Así pues, escribir con entusiasmo sobre Robert Walser podría resultar incluso ofensivo.



ROBERT WALSER: EL ESCRITOR MÁS SOLITARIO DE TODOS LOS SOLITARIOS

Alfredo Coello


El enigma de la vida ha cautivado mis ojos desde la niñez;

 y mis ojos se han hecho ciegos y no he podido descifrarlo.
Rafael Cansinos Assens/ Alef


Para quien fortalece y debilita a la vez,

Para aquel cuya alma alcanza el despertar,
La tarea más difícil es coser y cantar
R.W

                               
La historia de la literatura está llena de destinos extravagantes o trágicos. Y la de Robert Walser está entre las más trágicas. W. G. Sebald ensaya sobre la vida del escritor en su librito El paseante solitario/ En recuerdo de Robert Walser y nos cuenta que en opinión de Elias Canetti, la singularidad de Walser consistía en que, al escribir, negaba siempre su miedo en lo más íntimo, excluía continuamente una parte de sí mismo. En esta ausencia, decía Canetti, se basaba lo peculiarmente inquietante que había en él. Este miedo fue cultivo del ambiente familiar en su infancia, como lo describe en varias de sus novelas. Walser  se expresó en un alemán exquisito y extraño (el dialecto Biel).

Su obra literaria influyó a personajes de la talla de un Kafka, W. Benjamin, Robert Musil y quién sabe cuántos más hasta llegar a la contemporánea Elfriede Jelinek que escribe una obra de teatro Él no como él (para con Robert Walser). 

No es su locura la que me entusiasma ni su permanente angustia de escribir para no ser nadie; ni siquiera reconocer el éxito como defensa de la persona o personalidad del “escritor”, nada más lejano de las pretensiones de Walser. Es su deseo de permanencia y laxitud, su enorme empeño de ser paciente en la desesperación que espera, en su actitud humilde de internarse en un psiquiátrico a vivir el tiempo que no retorna.

La niñez

Me gustaría volver a ser un niño y tener padres, pero los 
padres han muerto, y la infancia ya no volverá.
Schwendimann/ Robert Walser

Su infancia es un arco iris perdido entre todas sus novelas, no es necesario aquí citarlas, no alcanzaría nuestro espacio disponible para relacionarlas. Se puede afirmar, a la luz de tantos estudios que incluyen la creación de  un instituto de investigaciones especializado en Robert Walser en Alemania, que su infancia estuvo marcada por el abandono de sus padres y ser el incomprendido de su familia. Robert es el séptimo hijo de ocho y mantuvo una relación estrecha con su hermano pintor Karl Walser. Su madre, transtornada mentalmente, como él, le heredó la pregunta y el misterio que iluminó y obnubiló los ojos de otro judío entrañable y borgeano: Cansino Assens. 

“Un niño que constituía una esperanza decidió un día esconderse [...] Se decía que escondiéndose sería pasajeramente valioso, que durante el tiempo que mediase desde su ocultamiento hasta que descubrieran su invisibilidad se revestiría de una especie de nimbo. Así opinaba, y de hecho no se equivocaba un ápice. Los niños enfermos o extraviados son más valorados que los que se saben seguros, pues de estos no es preciso ocuparse o  preocuparse. El niño del que hablo, en apariencia distinguido, jugaba casi con la madre al desear que lo tomara en serio (Madre e hijo, 1929)” Y aunque escribió este texto ya entrando a los cincuenta años, y su madre ya había muerto, es un recordatorio o una evocación de que nunca tuvo una relación amorosa con ella y esto marcó su larga vía hacia la locura.

    En su texto Robert Walser Una biografía Literaria Jürg Amann nos cuenta cómo nuestro autor aprendió a inventarse lo que le faltaba, así solía imaginarse que estaba enfermo. Pero en realidad estaba sano y entonces  una noche, cuando empezó a entrar al sueño, yaciendo de espaldas tapado hasta la nariz, se encendió la luz y apareció su padre. Entró en el cálido resplandor amarillo de la lámpara para ver cómo se encontraba su hijo enfermo. Le dio la bendición. Urbi et orbi. Sin palabras ni gesto alguno. Luego llegó su madre, le sonríe. Le hace un guiño. Y mueve los labios infinitamente finos e infinitamente bellos. Estás sano, le dicen sus labios.  Claro que está sano. Sólo quiere estar enfermo otro día más. La madre menea la cabeza. “Cuando pienso cómo nosotros, los niños, tuvimos que abrirnos paso así, uno tras otro siempre, a través de fallos y sensaciones bruscas, rápidas, y cómo todos los niños del mundo tienen que hacer lo mismo, con tanto riesgo para su integridad juvenil, no quisiera alabar precipitadamente la infancia como una etapa dulce y entrañable, y, no obstante, sí quisiera alabarla, pues pese a todo es un recuerdo precioso.” Esto lo escribió en Los hermanos Tanner, 1906, y es la primera novela que le publicó Bruno Cassirer.


La juventud y la desventura del escritor

La vida es de por sí una excelente inventora.
¿No nos basta con eso?
R. Walser /Escrito a lápiz. Microgramas 2 (1926 – 1927)

No sabemos con precisión  a qué edad Robert Walser empezó a escribir, podría ser a los quince años o más adelante. Su tipo pertenece a esa herencia literaria de los caballeros que vestían de manera llamativa y descuidada, en los años veinte del siglo pasado; “¡Qué atrevido y fantasioso era yo a los veintitrés años!” rememora.

Walter Benjamin ha dicho que las frases de Walser tienen como objeto hacer olvidar la anterior y cuando leo La Habitación del Poeta en una tarde lluviosa como en esta que escribo, lo imagino saltando entre las treinta prosas breves, cinco poemas y cuatro fragmentos que se daban por perdidos y que fueron publicados en Alemania por primera vez en forma de libro en 2003. Aquí desfilan los personajes más walsianos de su literatura: un poeta que vive en un cuarto de baño y un niño que antes de ser hombre fue una ola.

Y si alguien puede exhibir un olfato agudo en su escritura es el mismísimo  Walser; es una especie de Jack el destripador, disecciona la realidad, la pule de tal manera que surgen de su pluma una especie de exquisitas miniaturas, temas que pueblan la noche, sombras anticipadas de los días que le esperaban en el sanatorio bernés de Waldau.


El Paseante   

Estas exquisitas miniaturas, fugaces, inesperadas, cotidianas, detalles sin importancia para la pluma de los ‘grandes’, es donde se concentra el escritor, sustancias y cosas a las que nadie presta atención, donde los sentimientos surcan el espejo y en las astillas del reflejo hallamos el desamor, la niebla de lo fugaz: “De hecho –dice Walser sobre la ceniza – sólo con una penetración algo profunda de ese objeto aparentemente tan poco interesante pueden decirse muchas cosas, por ejemplo que, si se sopla la ceniza, no hay en ella lo más mínimo que se niegue a dispersarse al instante volando. La ceniza es la humildad, la intrascendencia y la falta de valor mismas y, lo que es más hermoso, ella misma está obsesionada con la creencia de no valer nada. ¿Se puede ser más inconsistente, más débil y más  insignificante que la ceniza? Sin duda no es fácil. ¿Hay alguna cosa que pueda ser más transigente y paciente que ella? No, desde luego. La ceniza no tiene carácter y está más alejada de todo tipo de madera de lo que lo está la depresión de la alegría desbordante. Donde hay ceniza, en realidad no hay nada. Pon tu pie sobre la ceniza y apenas notarás que has pisado algo”.

Precisamente sobre la ceniza de Walser,  Sebald apunta: “Lo altamente emotivo de ese pasaje, que no tiene igual en toda la literatura alemana del siglo XX, tampoco en Kafka, estriba en que allí, en ese ensayo casi casual sobre ceniza, aguja, lápiz y cerilla, el autor escribe en realidad sobre su propio martirio, porque esas cuatro cosas que le importan no han sido alineadas caprichosamente, sino que son los instrumentos de tortura del autor o, mejor dicho, lo que necesita para escenificar su autocremación y lo que queda cuando el fuego se ha extinguido”.

J. M. Coetzee ensaya sobre Walser en su libro Inner Workings. Traza un retrato del escritor: “La escritura de su juventud le dejó un sentimiento de orgullo al considerarla prístina y abundante. Los manuscritos que le sobreviven a esos días –meras copias –son modelos de fina escritura. El acto de escribir fue, sin embargo, uno de los sitios donde primero se manifestaron sus disturbios psíquicos. En algún momento en sus treintas (no tiene certeza sobre la fecha) empezó a sufrir de calambres sicosomáticos en la mano derecha. Él atribuyó esto a un sentimiento de oposición inconsciente a la pluma como una herramienta;  era capaz de superar esto al abandonar la pluma por el lápiz”.

Escribir con un lápiz era de suma importancia para Walser y su método de escritura que denominaba “pencil system” o “pencil method”. Este procedimiento significaba algo más que el uso de un simple lápiz. Cuando cambia de la pluma al lápiz su escritura se radicaliza sustancialmente. A su muerte deja cerca de 500 hojas de papel cubiertas de borde a borde  de filas de delicados, diminutos signos caligráficos a lápiz, un escrito tan difícil de leer que en su transcripción los traductores pensaron que pertenecieran a un diario en código secreto.

Walser es por excelencia el no-Rimbaud del siglo XX. Je suis autre encarna la ausencia en la literatura o el tiempo que Walser vivió en el psiquiátrico de las montañas suizas.  Cuando vivía en Zurich se cambió continuamente de domicilio. De regreso a Berna empiezó a beber demasiado; sufría de insomnio, escuchaba voces imaginarias, tenía pesadillas y ataques de ansiedad. Intentó suicidarse, pero falló porque, como él mismo admitió “no puedo ni siquiera hacer el nudo de la horca como se debe”.

Era obvio que no podía continuar viviendo solo: su madre había sido una depresiva crónica; un hermano se había suicidado; otro había muerto en un hospital mental. Una hermana fue presionada para que lo acogiera, pero ella se negaba. El escritor decidió entonces en un acto de humildad ser internado en el sanatorio en Waldau. “Marcadamente deprimido y severamente inhibido” se lee en el reporte médico inicial. “Responde evasivamente a preguntas de estar harto de la vida”.

¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?, me pregunté, y el ramo cayó de mis manos. Me había levantado para irme a casa;
 porque ya era tarde, y todo estaba oscuro.
              Robert Walser/ El Paseo


Autodidacta, errante solitario, caminante insaciable, finísimo estilista de la lengua alemana y provisto de una mirada agilísima capaz de destripar la realidad con la más suave ironía e imaginación. Pero, ¿qué es la imaginación? pregunta Rider Haggar en su novela Ella. Y responde “¡Quizás sea una sombra de la verdad intangible, quizás el pensamiento del alma!”  ¡Exacto! ahí está la mirada y la escritura de Walser, en esa sombra de la verdad intangible, tanto que su sol se ocultó antes del atardecer en los psiquiátricos donde paso una cuarta parte de su vida. Y tu deseo de pasar desapercibido e invisible, fue mal logrado querido Robert, porque ahora te leemos  y disfrutamos de tu  presencia escritural. A final de cuentas “La vida se lee de la misma manera como se lee un libro” diría el maestro Henry Miller.  Y tu vida fue un paseo interminable por esos páramos y montañas que querías con el buen amor humano, y tu sensibilidad al paso  por este planeta siempre te acompañó con un rasgo de humildad y desobediencia civil al dictado de los poderosos. Fuiste servicial y mayordomo de los nobles y ricos, pero sólo para entender esa rustica dialéctica entre el amo y el esclavo. Y entonces escribiste tus novelas El Ayudante y Jakob Von Gunten.

Sin embargo Walser no sólo desempeñó trabajos arduos y humillantes. En 1903 se empleó en la fábrica de tejidos elásticos Ganzoni en Winterthur, después pasó a una escuela de reclutas en Berna, y a mediados de este año se contrató como “ayudante”  del ingeniero e inventor Dubler en Wädenswil, junto al lago Zurich. Habría que leer esa extraña novela El ayudante en la que escribe sobre la extraña fidelidad fatalista de un ayudante hacia su señor (inventor de objetos inútiles, jugador y arruinado), y su melancólica esposa, como reflejo de los años que pasó en Zurich.

Jürg Amann y Carl Seelig han registrado los paseos de Walser, sobre todo este último en su hermoso libro de crónicas  Paseos con Robert Walser, que da inicio un 26 de junio de 1936 y termina el día de la muerte de nuestro querido escritor, el 25 de diciembre de 1956. No es solamente un nómada urbano, también le gusta emprender largas caminatas por el campo. Amann relata cómo recorre trayectos increíbles en muy poco tiempo. De día o de noche. Zapatos y calcetines se desgastan durante el camino, como si fuera la cosa más natural de mundo. Va  a pie de Munich a Würzburg, en un día. O en dos jornadas de Berna a Ginebra, pasando por Friburgo, lo que como mínimo parece una locura. Es su locura, entonces, la que impulsaba su deseo de pasear, porque para él la vida siempre fue un paseo. Y esto lo relata de una forma magistral Carl Seelig cuando le pregunta:
- ¿No quiere usted ir a Turquía?
-¡No merci!... no quiero ir a ninguna parte ¿para qué necesitan viajar los escritores, mientras tengan imaginación? (28 de diciembre de 1944)

El generoso y gran escritor Carl Seelig se despide de su amigo en la navidad de 1956 “El muerto que yace en la pradera nevada es un poeta al que extasiaba el invierno, con su ligera y alegre danza de copos. . ., un verdadero poeta, que anheló como un niño un mundo de paz, de pureza y de amor:

Nieve

 Nieva que nieva, la tierra se cubre
 de un blanco quejido allá a lo lejos.
 Vacila bajo el cielo el hervidero
 de copos en un ay, nieve, la nieve.
 Una quietud te da, una amplitud,
 me ablanda el mundo blanco de la nieve.
Mi afán, pequeño, pues, y luego grande, en lágrimas me apremia de por dentro.
                                                                     Robert Walser

ESCRITO A LÁPIZ / MICROGRAMAS III (1925-1932), DE ROBERT WALSER

Guillermo Nuñez Jauregui


Hacia el final de Las calles tenían pinta de direcciones caligrafiadasRobert Walser (1878-1956) concluye: “Es puñeteramente difícil escribir estando loco.” Debe serlo. Especialmente si las dificultades se cifran en minucias. Atisbos de esquizofrenia auditiva, digamos. Obstáculos como no soportar el tedio de una pluma o descubrir que el prójimo es insufrible. Alejarse de las máquinas de escribir, del papel de calidad, de la vanidad. Sortear trampas que nadie más ve y que probablemente no estén ahí. Walser sugiere un remedio en Con poderosa delicadeza: 

En la vida me he apoyado con harta frecuencia en mis dos manos, a las que siempre he tratado muy bien y que con el tiempo se han convertido en algo cultivado. Superé aquella indecisión sobre la máquina de escribir permaneciendo fiel a la escritura a mano, a la ley de los dedos.

Recurrir a lo pequeño, a lo que está a la mano, para superar peligros ocultos es, necesariamente, una campaña de largo alcance. Una empresa similar a la realizada por Bernhard Echte y Werner Morlang, quienes tuvieron a su cargo la edición de los textos que conformanEscrito a lápiz. Durante diecisiete años estos buenos hombres se ocuparon en descifrar un legajo compuesto por 527 papeles de formatos variopintos. Walser, pasados los años, escribía en dimensiones cada vez más pequeñas. Inició con una letra que oscilaba entre los tres y dos milímetros; para los microgramas redactados entre 1925 y 1932 (y que conforman este tercer volumen) la letra había sido reducida al milímetro. Calendarios, recibos de honorarios, cartas, tarjetas de presentación: aradas en su totalidad con una letra imposible de leer. Como explica Morlang en el epílogo del primer volumen de Escrito a lápiz (que contiene los microgramas escritos entre 1924 y 1925), se atacó los manuscritos letra a letra, utilizando cuentahílos de cinco o seis aumentos. Me parece arriesgado afirmar que Walser dio con un método para contener su locura. Digamos, mejor, que después de estar dando tumbos en la habitación el poeta finalmente se sintió en casa. Una casa, por lo demás, a la que fue difícil entrar ya que la había desocupado. De una carta a Max Rychner, fechada el 20 de junio de 1927, Morlang recupera una de las pocas explicaciones de Walser: 

Para el autor de estas líneas hubo un momento en que, en efecto, se vio preso de una terrible, de una espantosa aversión hacia la pluma, un momento en que estaba tan harto que apenas soy capaz de describirlo, en que, por poco que empezara a utilizarla, se convertía en todo un estúpido y, para librarse de este tedio de la pluma, empezó a lapicear, a esbozar, a garabatear.

Por supuesto, no son garabatos lo que leemos. Si algo han conseguido Echte y Morlang es arrebatarnos el placer de encontrarnos con las aparentes huellas de la locura para entregarnos un placer distinto que, en ocasiones, es verdad, sugiere un monstruo, pero la mayor parte del tiempo es, en suma, más de lo mismo. Como Walser lo anunciaba enOtra vez esta pequeña prosa, sabemos qué esperar:

Otra vez esta pequeña prosa, estas digresiones y rodeos, estas carteritas de ir al colegio y taconcitos de muchachitas. ¿Saldrá agradable, cómoda, edificante, satisfactoria esta exposición femenina? La pregunta se responde por sí sola. En lugar de cobrar ánimo y escribir un libro de feria entero, sólo abordo continuamente deditos de uñas pintadas, es decir, sólo surgen incesantes y míseros poemillas.

Es curioso constatar la transformación del caos caligráfico a libro ordenado. ¿Cómo es que se ha perdido ese aire de manuscrito, de texto encontrado en una caja de zapatos? Aún más, ¿cómo es que esto, en Walser, no constituye una pérdida? Walser no fatiga como lo hacen las “bibliotecas ocultas”, póstumas, producto de la carroña.Sabíamos que interesaría a los lectores, se suelen justificar los desesperantes editores, por eso decidimos publicar sus cuadernos secretos. O su correspondencia. O su lista del mandado. Todos los cuerpos opacos brillan, dadas las circunstancias. Pero rara vez vale la pena el manuscrito incompleto rescatado de la computadora de un muerto, de un accidente automovilístico, de una bóveda en Suiza, de una habitación en llamas. Los editores, de un día a otro, corren el riesgo de convertirse en el saqueador que sigue el avance de una guerra para despojar a los muertos de sus pertenencias. Debe decirse, sin embargo, que en ocasiones aciertan. 



lunes, 9 de julio de 2012

EL GENIO DE ROBERT WALSER

J. M. Coetzee



El día de navidad de 1956, la policía de la ciudad de Herisau, al este de Suiza, recibió un llamado: un grupo niños se había topado con el cadáver de un hombre, muerto por el frío, en un campo cubierto de nieve. Al llegar a la escena, la policía tomó fotografías y removió el cuerpo.

El hombre muerto fue identificado fácilmente: era Robert Walser, de 78 años, extraviado de un hospital psiquiátrico. En sus tempranos años, Walser se había ganado cierta reputación en Suiza y en Alemania como escritor. Algunos de sus libros todavía estaban en la imprenta, entre ellos había una biografía de él. Pasar un cuarto de siglo en instituciones mentales, había secado su escritura. Las largas caminatas por el campo, como en la que murió, habían sido su principal esparcimiento.

La fotografías de la policía mostraban a un anciano en sobretodo y botas tirado en la nieve, sus ojos abiertos, su mandíbula floja. Estas fotografías han sido ampliamente (y descaradamente) reproducidas en la literatura crítica sobre Walser que ha florecido en la década de 1960.

La supuesta locura de Walser, su solitaria muerte y el descubrimiento posmórten de sus escritos secretos, fueron los pilares en los cuales se basó su legendaria leyenda como un genio escandalosamente descuidado. Inclusive el repentino interés en Walser se convirtió parte del escándalo. “Me pregunto a mí mismo -escribió el novelista Elías Canetti en 1973- si entre aquellos que construyen su pausada, segura y muerta vida académica regular o un escritor que ha vivido en la miseria y en la desesperación hay uno que se avergüence de sí mismo”.

Robert Walser nació en 1878 en un cantón de Berna, fue el séptimo de ocho niños. Su padre se formó como encuadernador de libros y tenía una tienda de papelería y accesorios. A los 14 años, Robert fue sacado de la escuela y puesto como aprendiz en un banco, donde realizó sus tareas administrativas de manera ejemplar. Pero, poseído por su sueño de convertirse en actor, huyó a Stuttgart. Su única audición resultó un humillante fracaso: fue descartado por duro e inexpresivo. Abandonando los escenarios, Walser decidió convertirse en un “poeta de buena voluntad”. Pasando de trabajo en trabajo, escribió poemas, bocetos, obras de teatro en prosa y pequeños versos, no sin éxito. Pronto fue tomado por Ingel Verlar, editor de Rilke y Hofmannsthal, quien publicó su primer libro.

En 1905, en un intento de avanzar en su carrera, siguió a su hermano mayor, un exitoso ilustrador de libros y diseñador de escenarios, a Berlín. Allí, se inscribió en una escuela para sirvientes y trabajó un tiempo como mayordomo en una casa de campo (usaba uniforme y respondía al nombre de Monsieur Robert). No pasó mucho tiempo hasta que descubrió que él podía sostenerse a sí mismo mediante su escritura. Colaboró con prestigiosas revistas literarias y fue aceptado en círculos artísticos serios. Pero nunca estuvo cómodo en el rol de un intelectual metropolitano, después de unos tragos tendía a convertirse en un rudo y agresivo provinciano. Gradualmente se fue retirando de la sociedad hacia una solitaria y fructífera vida en las afueras. En ese contexto escribió cuatro novelas, de las cuales tres han sobrevivido: The Tanner Children (1906), The Factotum (1908) y Jakob von Gunten. Todo lo que escribió fue extraído del material de su propia experiencia de vida; pero en el caso de Jakob von Gunten, la más conocida de estas tempranas novelas, esa experiencia es maravillosamente transmutada.

“Uno aprende muy poco aquí”, observa un joven Jakob von Gunten, después de su primer día en el Instituto Benjamenta, donde se inscribió como estudiante. Los maestros yacen a su alrededor como muertos. Hay solamente un libro de texto: “¿A qué aspiran los chicos de la escuela Benjamenta?” y una sola lección: “Como un chico debería comportarse”. Toda la enseñanza es realizada por la señorita Lisa Benjamenta, hermana del director. El señor Benjamenta se sienta en la oficina y cuenta su dinero, como un ogro en un cuento de hadas, la escuela es una especie de estafa.

Sin embargo, después de haber escapado a la gran ciudad (sin nombre, pero está claro que es Berlín) a lo que él llama “una metrópolis muy, muy pequeña”, Jakob no tiene ninguna intención de renunciar. No le importa usar el uniforme de Benjamenta, sino que entra en contacto con sus compañeros y, además, tomar los ascensores del centro le da una emoción que lo hace sentir bien a un niño de su época.

Jacob von Gunten pretende ser el diario que Jakob mantiene durante su estancia en el Instituto. Se compone principalmente de sus reflexiones sobre la educación, una educación en humildad y en los extraños hermano y hermana que la ofrecen. La humildad enseñada por los Benjamentas no es de la variedad religiosa. Sus graduados aspiran a ser hombres de servicio o mayordomos, no santos. Pero Jakob es un caso especial, es un alumno al cual las lecciones de humildad le llegan de una manera profunda. “¡Cuán afortunado soy “, él escribe, “al no ser capaz de ver en mí mismo algo digno de respetar y ver! Ser pequeño y quedarme pequeño”.

Los Benjamentas son un misterio y, a primera vista, un par prohibido. Jakob se propone la tarea de penetrar en su misterio. No los trata no con respeto, sino con la atrevida confianza de un niño acostumbrado a que se perdone cualquier travesura porque es simpático, lo que mezcla descaro con una evidente falsa autodegradación, que se mofa de su falta de sinceridad, seguro de que la franqueza desarmará toda crítica, pero sin preocuparse realmente si no lo hace.

La palabra con la que se autocalificaría, con la que le gustaría que el mundo lo calificara, es diablillo. Un diablillo es un espíritu travieso; un diablillo también es menos que un diablo.
Pronto Jakob comenzó a ganar preponderancia sobre los Benjamenta. La señorita Benjamenta insinúa que le gusta, él simula no entender. Ella le revela que lo que siente es quizá más que cariño, quizá sea amor; Jakob responde con un extenso y evasivo discurso repleto de sentimientos respetuosos. Frustrada, la señorita Benjamenta se va suspirando y muere.

El señor Benjamenta inicialmente es hostil Jakob, es manejado hasta el punto de rogarle al niño para que sea su amigo, abondone sus planes y vaya a dar vueltas por el mundo con él. En un princio, Jakob se rehúsa: “Pero, cómo voy a comer, director. Es su deber encontrarme un trabajo decente. Todo lo que quiero es un trabajo”. Inclusive, en la última página de su diario, él anuncia que está cambiando de idea: va a tirar su pluma y partir hacia tierras salvajes junto con el señor Benjamenta (a lo que uno sólo puede responder Dios salve al señor Benjamenta)

Como personaje literario, Jakob von Gunten no tiene precedente. En el placer que él tiene en extraerse de sí mismo, tiene algo del Underground Man (Memorias del subsuelo) de Dostoevsky y, detrás de él, de Confessions (Confesiones) de Jean-Jacques Rosseau. Pero, como señaló el primer traductor francés de Walser, Marthe Robert, hay también en Jakob algo del héroe del cuento tradicional alemán, algo del muchacho que entra al castillo del gigante y triunfa a pesar de todos los obstáculos. Franz Kafka, al principio de su carrera, admiraba el trabajo de Walser (Max Brod recuerda con qué deleite leía a Kafka en voz alta los sketches humorísticos de Walser).

En Kafka también se encuentran ecos de la prosa de Walser, con su lúcido diseño sintáctico, sus yuxtaposiciones casuales elevadas con lo banal, y su lógica extrañamente convincente de la paradoja, aquí está Jakob en estado de ánimo reflexivo:

Nosotros usamos uniformes. Ahora, usar uniformes al mismo tiempo nos humilla y nos exalta. Lucimos como gente sin libertad, y eso es posiblemente una desgracia, pero también lucimos agradables con nuestros uniformes y eso nos separa de la profunda desgracia de aquellas personas que caminan alrededor con su propia ropa, pero rodeados de sucias. Para mí, por ejemplo, usar uniforme es muy placentero porque antes nunca sabía qué ropa ponerme. Pero en éstas, también soy un misterio para mí mismo por el momento.

¿Cuál es el misterio de Jakob? Walter Benjamin escribió un artículo sobre Walser que resulta más llamativo por estar basado en un muy incompleto conocimiento sobres sus escritos. “La gente de Walser -sugiere Benjamin- son como personajes de cuentos de hadas cuando éstos llegan a su fin, personajes que ahora tienen que vivir en el mundo real. Hay algo de lacerante, inhumano, e infaliblemente superficial acerca de ellos, como si al haber sido rescatados de la locura (o de un hechizo), deben andar con cuidado por temor a caer en ella”.

Jakob es un ser tan extraño y el aire que respira en el instituto Benjamenta es tan raro, tan cerca de lo alegórico que es difícil pensar en él como representante de cualquier elemento de la sociedad. Sin embargo, el cinismo sobre la civilización y sobre los valores en general, su desprecio por la vida de la mente, sus creencias simplistas acerca de cómo el mundo realmente funciona (que está dirigido por las grandes empresas que explotan a los hombres pequeños), su elevada obediencia a la más altas de las virtudes, su predisposición a aguardar el momento oportuno, esperando la llamada del destino, su pretensión de ser descendiente de nobles antepasados guerreros, así como su gusto por el ambiente masculino de la escuela y su deleite por las bromas maliciosas, todas estas características, tomadas en conjunto, apuntan proféticamente hacia el pequeño burgués tipo que, en tiempos de gran confusión social, encontraría a las camisas pardas de Hitler muy atractivas.

Walser no era abiertamente un escritor político. Sin embargo, su compromiso emocional con la clase de la que él venía, la clase de los comerciantes, empleados y maestros, era profundo. Berlín le ofreció una clara oportunidad para escapar de sus orígenes sociales, tal como lo hizo su hermano. Pero él rechazó esa oferta, escogiendo en su lugar regresar a los brazos de la Suiza provincial. Aún así, nunca perdió de vista, nunca se permitió perder de vista, las tendencias liberales conformistas de su clase, la intolerancia de gente como él mismo, soñadores y vagabundos.

En 1913 Walser dejó Berlín y volvió a Suiza, “un autor ridículo y sin éxito” (según sus propias disparatadas palabras). Tomó una habitación en un hotel en la ciudad industrial de Biel, cerca de su hermana, y por los siguientes siete años se ganaba la vida precariamente colaborando en folletines literarios y vendiendo sketches a los diarios. Para el resto se fue a caminatas largas por el país y cumplió sus obligaciones en la Guardia Nacional. En las colecciones de su poesía y de su prosa corta, que continúan apareciendo, se volvió más y más al paisaje suizo social y natural. Escribió dos novelas más. El manuscrito de la primera, Theodor, fue perdido por sus editores; la segunda, Tobold, fue destruida por el propio Walser.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el gusto entre el público por el tipo de escritura en la que Walser había confiado como ingreso, empezó a desaparecer. Perdió el contacto con sus conocidos en la amplia sociedad alemana; en cuanto a Suiza, el público lector era muy pequeño como para sostener una corporación de escritores. A pesar de que él se enorgullecía de su frugalidad, tuvo que cerrar lo que llamó “su pequeño taller de pedazos de prosa”. Comenzó a sentirse más y más oprimido por la mirada reprobadora de sus vecinos, por la demanda de respetabilidad. Se mudó a Berna, a un puesto en el archivo nacional, pero a los pocos meses fue despedido por insubordinación. Fue de alojamiento en alojamiento, bebía mucho. Sufrió de insomnio, oía voces imaginarias, tenía pesadillas y ataques de ansiedad. Intentó suicidarse, fallando, porque como él admitió con total franqueza “ni siquiera pude hacer un lazo apropiado”.

Era claro que Walser ya no podía vivir solo. Su familia estaba contaminada: su madre había sido una depresiva crónica, uno de sus hermanos se había suicidado, otro había muerto en un hospital psiquiátrico. Se sugirió que su hermana lo había aceptado, pero ella no quiso. Entonces Walser aceptó ser internado en un sanatorio en Waldau. “Considerablemente deprimido y severamente inhibido”, decía el reporte médico inicial. “Respondió evasivamente a las preguntas sobre estar enfermo de la vida”.

En evaluaciones posteriores, los doctores de Walser no se ponían de acuerdo acerca de qué, o si algo, estaba mal en él. Inclusive le insistieron para que tratara de vivir afuera nuevamente. Sin embargo, los cimientos de la rutina institucional pareció tornarse indispensable para él y eligió quedarse. En 1933 su familia lo transfirió a un asilo en Herisau, donde tenía derecho a asistencia social. Allí ocupó su tiempo en tareas como pegar bolsas de papel y clasificar frijoles. Permaneció en total dominio de sus facultades, seguía leyendo los diarios y revistas populares; pero, después de 1932, no escribió. “No estoy aquí para escribir, estoy aquí para estar loco”, le dijo a un visitante. Aparte, decía, el tiempo de los literatos había terminado. (Recientemente, un miembro del staff de Herisau declaró haver visto a Walser en trabajo de escritura. Aunque esto sea cierto, no sobrevivió ningún rastro de escritura post 1932).

Ser un escritor fue difícil para Walser en el más elemental de los niveles. No usaba una máquina de escribir, escribía a mano con una letra muy clara y bien formada de la que él se enorgullecía. Los manuscritos que han sobrevivido son modelos de caligrafía. La escritura a mano fue uno de los puntos en que los trastornos psiquiátricos se manifestaron primero. En algún momento durante sus treinta comenzó a sufrir calambres psicosomáticos en su mano derecha que él atribuyó a una animosidad inconciente hacia la lapicera como herramienta. Fue capaz de superar esos trances sólo dejando la lapicera y cambiándola por un lápiz.

El uso del lápiz fue lo suficientemente importante para Walser como para llamarlo “su sistema del lápiz” o “su metódo del lápiz”. Lo que él no menciona es que cuando cambiaba a escribir con lápiz radicalmente cambiaba su escritura. A su muerte dejó alrededor de quinientas páginas de papel cubiertas con una microscópica letra en lápiz, tan difícil de leer que su testamentario en un principio pensó que se trataba de un diario escrito en un código secreto. En realidad, Walser no mantenía ningún diario. Tampoco su letra era un código: es simplemente escritura a mano con tantas abreviaciones idiosincráticas que, inclusive para los editores familiarizados con ellas, el desciframiento no siempre es posible. Es en borradores escritos a lápiz como han llegado a nosotros sus últimos trabajos, incluyendo su última novela, The Robber (El ladrón) (24 páginas de letra microscópica, 141 páginas impresas).

Más interesante que la letra en sí misma, es la cuestión de lo que el “método del lápiz” hizo posible para Walser como escritor, algo que la lapicera no pudo proveerle (siguió usando lapicera para copias en limpio así como también para correspondencias). La respuesta parece ser que, tal como un artista con un palo de carbón entre sus dedos, Walser necesitaba tener un movimiento de mano rítmico y constante antes de que pudiera caer en un estado de ánimo en el que la ensoñación, la composición y el flujo de la propia herramienta de escritura se convirtiera en una misma cosa. En un artículo titulado “Boceto en Lápiz” de 1926-1927, menciona la “felicidad excepcional” que el método del lápiz le permitió tener. “Me calma y me alegra”, dijo en alguna parte. Los textos de Walser no están dirigidos ni por la lógica ni por la narrativa, sino por estados de ánimo, fantasías y asociaciones: en temperamento él es menos un pensador o un contador de historias que un ensayista. El lápiz y la auto inventada letra estenográfica permitieron el decisivo, ininterrumpido y todavía fantasioso movimiento de mano que se volvió indispensable para su ánimo creativo.

El más extenso de los últimos trabajos de Walser es The Robber (El ladrón), escrito en 1925-1926, pero descifrado y publicado sólo en 1972. La historia es liviana al punto de ser insubstancial. Trata de los enredos sentimentales de un hombre de mediana edad conocido simplemente como “el ladrón”, un hombre que no tiene trabajo pero se las arregla para vivir al margen de la sociedad educada de Berna sobre la base de una modesta herencia.

Entre las mujeres, el ladrón tímidamente persigue a una camarera llamada Edith; entre las mujeres que lo persiguen a él están caseras variadas que lo desean tanto para sus hijas como para ellas mismas. La acción termina en una escena en la que “el ladrón” asciende al púlpito y, ante una gran audiencia, reprocha a Edith por preferir a un rival mediocre antes que a él. Indignada. Edith dispara un revólver hiriéndolo levemente. Hay una oleada de chismes alegres. Cuando el polvo se asiente, el ladrón estará colaborando con un escritor profesional para contarle su versión de la historia.

¿Porqué The Robber (El ladrón) como nombre para este tímido galán? La palabra es una indirecta, por supuesto, al primer nombre de Walser. La portada de la traducción de la University of Nebraska Press brinda una pista más. Reproduce una acuarela hecha por Karl Walser sobre su hermano Robert, de 15 años, vestido como su héroe favorito, Karl Moor, en el drama de Schiller Los Ladrones. El ladrón de tiempos modernos del cuento de Walser no es, por desgracia, ningún héroe. Un ratero y plagiario, en lugar de un bandido, que roba más que nada el afecto de las muchachas y las fórmulas de la ficción popular.

Detrás del Robert ladrón (a quien en adelante llamaremos R) se esconde una oscura figura, el autor nominal del libro, por el cual R es tratado ahora como un protegido, como un rival y como un simple títere para ser cambiado de lugar de situación en situación. Él es crítico de R (por el mal manejo de sus finanzas, por pasar tiempo con chicas de la clase obrera y, en general, por ser un ladrón de día o holgazán, en lugar de un buen suizo), aún así, confiesa, tiene que mantener su ingenio para no confundirse con R. En carácter él se parece mucho a R, burlándose de sí mismo, incluso mientras juega con sus rutinas sociales. De vez en cuando, el autor tiene una oleada de ansiedad sobre el libro que está escribiendo, sobre su lento progreso, la trivialidad de su contenido, la vacuidad de su héroe.

Fundamentalmente, The Robber (El ladrón) no es nada más ni nada menos que la aventura de su propia escritura. Su encanto reside en sus giros inesperados de dirección, en su tratamiento con delicadeza irónica de las fórmulas de juego amatorio, y su explotación flexible e inventiva de los recursos del alemán. Su autor, aturdido por la multiplicidad de hilos narrativos, de repente tiene que manejar, ahora que el lápiz en la mano se está moviendo, una reminiscencia, sobre todo, de Laurence Sterne, el lado suave, sin las miradas lascivas y los dobles sentidos.

El efecto de distanciamiento permitido por un estilo en el cual los sentimientos están cubiertos por un liviano tono de parodia, permite a Walser escribir, una y otra vez, sobre su propia indefensión en los márgenes de la sociedad suiza:

Estaba siempre solo como un pequeño corderito perdido. La gente lo perseguía para ayudarlo a aprender cómo vivir. Daba una impresión tan vulnerable. Se asemejaba a la hoja que un niño derriba de su rama con un palo porque su singularidad la hace llamar la atención. En otras palabras, él invitaba a la persecución.

Como Walser remarcaba, con igual ironía pero en propia persona, en una carta del mismo período: “En momentos siento que me comen vivo, es decir, parte o totalmente consumido por el amor, preocupación e interés de mis excelentes compatriotas”.

The Robber (El ladrón) no estaba preparado para ser publicado. De hecho en ninguna de sus muchas conversaciones con su amigo y benefactor durante sus años de asilo, Carl Seeling, Walser no mencionó mucho su existencia, aún así uno debe ser cuidadoso acerca de tomarlo como autobiográfico. R representa sólo un lado de Walser. Sin embargo, hay referencias de voces persecutorias, y aunque R sufre de delirios de referencia (sospecha significados escondidos, por ejemplo, en la forma en que hombres se suenan la nariz en su presencia), la propia melancolía de Walser, su lado autodestructivo es firmemente mantenido fuera de la imagen.

En un episodio importante R visita a un doctor y con un gran candor describe sus problemas sexuales. Él nunca sintió la urgencia de pasar noches con mujeres, aún así tiene “horribles reservas de potencial amoroso, tanto, que cada vez que salgo a la calle, inmediatamente comienzo a enamorarme”. La única estratagema que le brinda felicidad es imaginarse historias sobre él mismo y su objeto erótico, en las cuales él es “el subordinado, obediente, sacrificado y analizado acompañante”. Algunas veces, de hecho, él siente que es realmente una chica. Pero al mismo tiempo hay algo de muchacho adentro de él, un chico travieso. La respuesta del doctor es eminentemente sabia. “Usted parece conocerse muy bien a sí mismo -dice-. No intente cambiar”.

En otro pasaje memorable, Walser simplemente deja fluir el lápiz (permite que la censura dormite) como si se guiara de los placeres de una vida femenina imaginaria a un rico intercambio erótico de la experiencia de los amantes de la ópera, para quienes el gozo de derramar amor en una canción y la felicidad del amor en sí mismo son uno e iguales.

Jakob von Gunten es traducido (del alemán al inglés) de manera ejemplar por Christopher Middleton, un estudiante pionero de Walser y uno de los grandes mediadores entre la literatura alemana y el mundo de habla inglés de nuestros tiempos. En el caso de The Robber (El ladrón), Susan Bernofsky, levanta espléndidamente el desafío de lo último de Walser, particularmente su juego de formaciones compuestas con las que el alemán es tan considerado.

En un ensayo publicado en 1994, Bernofsky describe algunos de los problemas que Walser presenta para el traductor. Uno de sus pasages más ilustrativos es el siguiente:

Se sentó en el jardín anteriormente mencionado, entrelazado por lianas, “enmariposado” por melodías, y absorto en su amor por la más bella joven aristócrata que bajó de los cielos del refugio de sus padres al ojo público para así, con su encanto, darle al corazón del ladrón una puñalada fatal.
Bernofsky ingenuamente acuña la palabra “enmariposado” (embutterflied) y sus inventivas para posponer el golpe en el última palabra, son admirables. Pero la oración también ilustra uno de los acuciantes problemas de los textos microscópicos de Walser. La palabra traducida aquí como “aristócrata” (herrentochter en alemán), es descifrada por otro editor de Walser como “saaltochter”, que significa “mesera” en suizo-alemán. (La mujer en cuestión, Edith, es ciertamente una mesera y no una aristócrata). Entonces, ¿la versión de quién aceptamos?

Walser escribió en un alemán elevado (Hochdeutsch), el lenguaje que los niños suizos aprenden en la escuela. El alemán elevado se diferencia no solamente en una multitud de detalles linguísticos, sino también en el mismo temperamento del suizo-germano que es el lenguaje de hogar de tres cuartos de ciudadanos suizos. Escribir en alemán elavado era prácticamente la única opción posible para Walser, adoptando así, inevitablemente. Una postura de aprendizaje y refinamiento social, una postura en la que él no estaba cómodo. A pesar de que tenía poco tiempo para la literatura regional suiza (Heimatliteratur) dedicada a reproducir el folcklore helvético y a celebrar agonizantes costumbres, Walser lo hizo, después de su regreso a Suiza, deliberadamente comenzó a introducir suizo-alemán a su escritura para así sonar más suizo.

La coexistencia de dos versiones del mismo lenguaje en el mismo espacio social es un fenómeno sin analogía en el mundo metropolitano de habla inglés, y uno que crea inmensos problemas para el traductor de inglés. La respuesta de Bernofsky al auto llamado dialecto de Walser, que comprende no sólo una frase o palabra rara, sino algo más difícil de definir que es el tono suizo de su lenguaje, es no hacer ningún intento por reproducirlo: traducir sus momentos suizos-germanos evocando algún otro dialecto social o regional inglés no lleva a nada, dice ella, salvo a la falsificación cultural.

Tanto Middleton y Bernofsky escriben introducciones informativas de sus traducciones; sin embargo, Middleton está desactualizado en la fecha de escolaridad de Walser. Ninguno de los dos opta por brindar notas explicativas. La ausencia de notas se hará sentir particularmente en The Robber (El ladrón), que está salpicado de referencias literarias, incluidas los orígenes oscuros de la literatura suiza.

The Robber (El ladrón) es casi contemporáneo en composición con el Ulises de Joyce y con los últimos volúmenes de En busca del tiempo perdido de Proust. Haber sido publicada en 1926 quizás afectó el curso de la literatura alemana moderna, abriendo e inclusive legitimando como un sujeto de las aventuras de la escritura (o del sueño) a sí mismo y a la línea serpenteante de tinta (o lápiz) que surge debajo de la mano que escribe. El proyecto de reunir los escritos de Walser fue iniciado antes de su muerte, sólo fue después de ésta que los primeros volúmenes empezaron a aparecer en 1966, y después de haber sido notado por lectores de Inglaterra y Francia ganó amplia atención en Alemania. Él se siente más cómodo en el formato de ficción corta: historias como “Kleist in thun” (1913) y “Helbling’s Story” (1914) lo muestran en su momento más deslumbrante. Su tranquila y, a su manera, angustiosa vida fue su único y verdadero tema. Todas sus prosas, sugiere él en retrospectiva, deberían ser leídas como capítulos de una historia “real, larga y sin argumento”.

¿Walser fue un gran escritor? Si uno se resiste a llamarlo grande, dijo Canetti, eso es sólo porque nada podía ser más ajeno a él que la grandeza. En uno de sus últimos poemas Walser escribió:

No desearía a nadie ser yo.
Sólo yo soy capaz de soportarme a mí mismo.
Saber tanto, haber visto tanto y,
Decir nada acerca de nada.



CASI NADA: JAKOB VON GUNTEN

Alberto Chimal


En una ciudad de Europa, a comienzos del siglo XX, el joven Jakob von Gunten se ha inscrito en la Escuela de Muchachos Benjamenta, un instituto cuyo fin es formar buenos sirvientes: mayordomos sumisos y eficientes, mozos de celos apropiados. Al parecer Jakob es un adolescente; al parecer lleva un diario o por lo menos un cuaderno de notas; al parecer tiene relaciones desiguales (si no equívocas o hasta sexuales “entre líneas”) con sus compañeros y hasta con sus (únicos) maestros, Herr Benjamenta y su hermana Lisa. Al parecer su vida es tediosa, mediocre como se espera de un alumno de su escuela, aunque Jakob no sólo se entregue a la disciplina y el vasallaje sino también a incontables reflexiones y fantaseos.

      Salvo unos pocos hechos más (que no revelaré porque alguno es un poco más tremendo, y así espero dar un incentivo a quienes creen en los finales de los libros), esto es todo lo que se encuentra en las páginas de la novela Jakob von Gunten, publicada originalmente en 1909 y considerada, como el resto de la obra de su autor, un libro de culto. Probablemente lo es incluso ahora. Durante muchas décadas luego de su muerte en 1956, Robert Walser fue considerado un escritor “para escritores” (elogiado por Kafka y Canetti y Vila-Matas, entre otros, pero no leído por casi nadie más) y sólo hasta hace pocos años su fama se ha incrementado, al pasar de tres generaciones de admiradores secretos; sin embargo, sus nuevos lectores deben plantearse la misma pregunta que los de hace medio siglo: cómo entender el poder irresistible de una escritura que no desea la grandeza, que se concentra en nimiedades y fruslerías y que siempre elude las “verdades”, los “hechos”, las “lecciones” que nutren a tantos libros gordos y célebres.

      Jakob von Gunten es un ejemplo de ese poder aparentamente inexplicable, que proviene, creo, de dos facultades de la escritura que rara vez van juntas: Walser es al mismo tiempo leve, levísimo, y reticente. No se concentra sino en lo pequeño, y ni siquiera allí lo dice todo: su escritura linda con el silencio (el silencio doble al que se relega cuanto se calla, pero también cuanto se considera indigno), y tal vez está más cerca de él –de la nada que para Samuel Beckett era manchada por cualquier intento de enunciación– que cualquier otro escritor en la literatura de Occidente.

      Un ejemplo: todo el tiempo Jakob nos engaña (o se engaña él solo) contando anécdotas que no son del todo ciertas, pero las verdades que va revelando tras cada mentira no son tan importantes: no apuntan a ninguna parte oculta de la trama, e incluso varios “secretos” que se anuncian resultan no existir en absoluto. Por el contrario, lo que más se destaca en sus relaciones de la vida en el Instituto Benjamenta (el nombre de “Escuela de Muchachos” acaso es provisional, o inventado) es lo poco que cuentan las “conquistas interiores”, los atisbos más allá de las superficies. “Dios está con los que no piensan”, escribe Jakob, y el texto parece rebelarse en contra de las prácticas habituales de la interpretación incluso cuando finge proponer parábolas:

Para seres tan bajos y humildes como nosotros, los alumnos, no existe nada divertido. La criatura degradada se lo toma todo en serio, pero también a la ligera, casi frívolamente. La lección de baile, urbanidad y gimnasia es para mí como la vida misma, esa vida pública, grande, importante, y el aula se transforma ante mis ojos en una alcoba señorial, en una calle concurridísima, en un castillo de antiguos y largos corredores, en una oficina pública, en el despacho de un sabio, en los salones de una dama, en cualquier cosa, según las posibilidades. Tenemos que entrar, saludar, inclinarnos, hablar, despachar asuntos o encargos imaginarios, atender pedidos; y de repente nos sentamos a una mesa y comemos a la usanza capitalina, atendidos por criados. Schacht, o incluso Kraus, representan el papel de una gran dama de la aristocracia a la que yo me encargo de entretener. Luego somos todos grandes señores, sin exceptuar a Peter el Larguirucho, que siempre se ha sentido un caballero. Después bailamos, dando saltitos de un lado a otro, seguidos por la sonriente mirada de la maestra, hasta que nos precipitamos a socorrer a un herido, víctima de un atropello callejero. Regalamos cualquier pequeñez a supuestos mendigos, escribimos cartas, gritamos a nuestros subalternos, asistimos a la asamblea, buscamos lugares donde se hable francés, practicamos el deporte de quitarse el sombrero, hablamos de caza, finanzas y arte, besamos, con humildad, los cinco preciosos dedos que graciosamente nos tiende alguna que otra dama –queremos creer que bien dispuesta hacia nosotros–, vagabundeamos como vagabundos, bebemos el café a sorbitos, comemos jamón al borgoña, dormimos en camas imaginarias y, también aparentemente, nos levantamos con las primeras luces diciendo: “Buenos días, señor juez de primera instancia”, nos pegamos, porque esto también es muy frecuente en nuestro mundo, y hacemos todo lo que acontece en la vida. Si nos cansamos de todas estas necedades la señorita golpea el borde de la mesa con su varita y dice: “¡Allons, muchachos! ¡A trabajar!” Y se reanuda el trabajo.
Así, el texto se deja leer como la historia de un narrador indigno de confianza pero que no exige el desciframiento de lo que “verdaderamente está pasando”: al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en Los papeles de Aspern de Henry James, nada hay que averiguar o que vislumbrar en las diabluras nimias de Jakob salvo su voluntad de empequeñecerse, de no ser muy interesante ni memorable, y en cambio meramente distraerse, pasar el tiempo en el perfeccionamiento de su propia existencia, entendido literalmente: no ser “mejor”, no ser “más grande”, sino dejarse ser. Esta voluntad de despojamiento deja la impresión de un enigma distinto de los habituales, más allá de lo que las propias palabras pueden decir.Jakob von Gunten es, por lo tanto, una búsqueda –distinta– de los límites del lenguaje.
      Nacido en Biel, Suiza, en 1878, Walser es famoso por haberse recluido voluntariamente en un par de manicomios, en los que pasó las últimas décadas de su vida paseando, negándose a todo reconocimiento y escribiendo numerosos textos que jamás se molestó en publicar (y que sólo recientemente han podido recobrarse); murió en los alrededores del sanatorio de Herisau en la Navidad de 1956, congelado en la nieve a la que había salido a dar un paseo.

      He aquí otra paradoja de su vida póstuma: Jakob von Gunten ha sido llevada al cine ya en dos ocasiones. La versión más reciente es Instituto Benjamenta, o Ese sueño que la gente llama vida humana (1995) de Stephen y Timothy Quay, que es un filme extraordinario: una relectura literal, y a la vez onírica, de la novela.